Reliquias del Beato Juan de Palafox y Mendoza

Las reliquias del Beato Juan de Palafox se encuentran repartidas en varios lugares, en la Catedral de Puebla descansan parte de sus restos, otras reliquias en el Seminario Palafoxiano, su efigie se encuentra en el Santuario Guadalupano

 

 

 

 

Palabras de S.E Mons. Víctor Sánches Espinosa Arzobispo de Puebla en la recepción de las reliquias del Beato Juan de Palafox y Mendoza

Catedral de Puebla, 24 de junio de 2011

 

En pleno Año Jubilar Palafoxiano, decretado por Su Santidad el Papa Benedicto XVI, con inmensa gratitud hacia Dios Nuestro Señor, la Iglesia que peregrina en Puebla recibe jubilosa las Reliquias de quien fuera su noveno Obispo: Don Juan de Palafox y Mendoza, proclamado beato el pasado 5 de junio en la Catedral de El Burgo de Osma-Soria, España.

Palafox es, sin duda, “uno de los personajes más singulares de la historia de la santidad”como afirmó en su homilía el Legado Pontificio, Emmo. Sr. Cardenal Dn. Angelo Amato.

Efectivamente, en palabras del mismo Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, Palafox es un “personaje brillante y poliédrico; en él encontramos al Obispo preocupado del bien espiritual de los fieles, al Virrey ocupado en la buena administración, al pensador político, al escritor fecundo, al mecenas de las artes”.

Desde su nacimiento, Palafox nos enseña muchas cosas: la presencia de Dios y su providencia eficaz en este mundo y en la existencia de cada uno, y la grandeza de toda persona humana, cuya vida, dignidad y derechos debemos valorar, respetar, promover y defender, desde el momento mismo de su concepción hasta su ocaso natural.

Efectivamente, nuestro querido Beato, nacido fuera de matrimonio el 24 de junio del Año Jubilar de 1600 en Fitero, Navarra, España, fue fruto de un embarazo no deseado. Su madre, Doña Ana de Casanate y Espés, había llegado a los Baños de la localidad con el propósito de ocultar el nacimiento de la criatura y deshacerse de ella.

Pero la Providencia divina dispuso que el niño fuera rescatado por el alcalde de los Baños, Pedro Navarro, quien se hizo cargo de él hasta que fue reconocido a los nueve años de edad por su padre natural, Don Jaime de Palafox y Rebolledo, quien le envió a estudiar, y una vez licenciado en Cánones y Leyes, le confió la administración del Marquesado de Ariza.

Con este carácter, en 1626 participó en las Cortes de Aragón, donde el Conde Duque de Olivares, admirado por sus grandes cualidades, lo promovió a la fiscalía del Consejo de Guerra y del Consejo de Indias.

Seducido por las cosas del mundo, el joven Palafox “se dio a todo género de vicios, de entretenimientos y desenfreno de pasiones”. Pero una grave enfermedad de su hermanastra Lucrecia y la muerte sucesiva de dos grandes personajes de la época le hicieron exclamar: “Mira en qué paran los deseos humanos ambiciosos y mundanos”.

Entonces comprendió que Dios le solicitaba un cambio de vida. Y luego de un serio proceso de conversión, se resolvió a recibir las órdenes sagradas a los veintinueve años de edad.

Consciente de su nuevo estado de vida, renunció al cargo de Fiscal en el Consejo de Guerra, y el Rey le nombró Visitador del Monasterio de las descalzas de Madrid, y Capellán y Limosnero Mayor de la Emperatriz, encomendándole importantes misiones durante su viaje por Europa.

Deseando poner orden en el gobierno de la Nueva España, Felipe IV le presentó para el Obispado de Puebla de los Ángeles, y le nombró Visitador General de la Nueva España, Presidente de la Real Audiencia de México, y Juez de Residencia.

Con estas encomiendas, luego de recibir la Ordenación Episcopal el 27 de diciembre de ese mismo año, se embarcó para América, y tras setenta y ocho días de ardua travesía, llegó al puerto de Veracruz para tomar posesión el 22 de julio de 1640 de la Iglesia Angelopolitana.

A partir de ese momento, íntimamente unido a Dios a través de la meditación de su Palabra, la celebración de los sacramentos, la oración, la devoción a la Santísima Virgen y a los santos, la austeridad y penitencia, desplegó una generosa, heroica e incansable labor pastoral, inspirado en el ejemplo de Jesús y en las directrices del Concilio de Trento, como signo de su comunión con la Iglesia y el Vicario de Cristo.

Visitó cada rincón de su amplísima diócesis y la reorganizó en parroquias. Cuidó la reforma y formación del clero secular y regular, exclamando: “…Se destierre toda ignorancia de los curas… porque, como quiera que estos son pastores y maestros del pueblo, bien cierto es que si ellos son ciegos, fácilmente lo precipitan a la eterna ruina y perdición”[4].

También vigiló la vida de los conventos de monjas; impulsó la adecuada y fructuosa celebración de los sacramentos; escribió numerosas cartas pastorales y obras espirituales; promovió tareas educativas, culturales y sociales; edificó varias iglesias y capillas, y reinició los trabajos de construcción de la Catedral, que consagró el 18 de abril de 1649, ocasión en la que dijo: “…estas losas, esta piedra… estos retablos… todo aspira… a que hagamos templo nuestras almas del Verbo de Dios”.

Redactó constituciones para el Seminario de San Juan y erigió en 1644 los colegios de San Pedro y San Pablo, a los que obsequió su excelente biblioteca, hoy llamada Palafoxiana, que contaba con cinco mil libros e instrumentos científicos de la época, mismos que puso también al servicio de la gente de la Ciudad y del Obispado.

Estableció, en lo que fuera el Hospital de San Juan de Letrán, un hospital para mujeres, un colegio para niñas y un hogar para las pobres. Mejoró el Hospital de San Pedro, a donde acudía para llevar consuelo a los enfermos. También fundó el convento de religiosas dominicas de Santa Inés.

Conoció, valoró, ó, promovió y defendió a los indígenas, como lo demuestran, tanto  su magnífica obra Virtudes del indio, como su preocupación por que los sacerdotes y seminaristas conocieran sus lenguas, especialmente el náhuatl, y su admisión a las órdenes sagradas.

Su generosidad para con los pobres no conocía límites; estaba siempre dispuesto a recibirles y a brindarles alimento y limosna, consciente de que, si bien en esto debe haber prudencia, es preferible inclinarse más “a socorrer engañado que a dejar de socorrer por muy advertido” .

En su carácter de autoridad civil como Visitador General de la Nueva España se empeñó en “arrancar lo malo y plantar lo bueno”, luchando contra la corrupción y las diversas formas de injusticia, y vigilando para que a cada cual se le diera lo que le es debido, de manera adecuada y oportuna.

Tras remitir a España al Duque de Escalona, Felipe IV le nombró Virrey de la Nueva España en 1642. Durante su gobierno, Palafox puso freno a los abusos y corrupciones, garantizó la seguridad de los ciudadanos y la correcta y pronta impartición de justicia, impulsó la economía al restablecer el comercio del Virreinato con el Perú y Filipinas, defendió a los indígenas, promovió precios bajos en favor de los pobres, organizó la inspección de la Casa de la Moneda, y dio estatutos a la Universidad de México, a la Real Audiencia y a los abogados.

Vacante la sede Metropolitana, el Rey le nombró Arzobispo de México, ministerio que Palafox no aceptó por haber hecho voto de permanecer en Puebla.

Las tareas reformadoras que fiel a la suprema autoridad de la Iglesia y al Rey tuvo que emprender, le acarrearon diversas dificultades, mismas que provocaron que Felipe IV, influido por sus detractores, le ordenara volver a España.

Con profundo pesar y en medio del grandísimo sentimiento y dolor de los muchos que le amaban, especialmente los pobres, Palafox partió en 1649. Ya en Madrid, tras ser sometido a Juicio de Residencia, fue declarado “bueno, limpio y recto ministro”.  Entonces fue nombrado miembro del Consejo de Aragón.

Durante su estancia cortesana, se entregó a la propagación de la Escuela de Cristo, ligada a la espiritualidad de San Felipe Neri.

En 1654 fue designado Obispo de El Burgo de Osma, donde vivió al servicio de todos, especialmente de los pobres y enfermos, hasta su muerte, el 1 de octubre de 1659, acaecida en extrema pobreza por haberlo dado todo a los más necesitados.

 “De esta suerte –comenta su biógrafo, el P. Gregorio Argáiz– acabó el Virrey de México, y el que pudiendo… volver a España… con dos millones de oro y plata, estimó en más el saco y el cilicio que todas las riquezas de la vida… Murió don Juan de Palafox, o por mejor decir, fue promovido a una segunda Puebla de los Ángeles”.

Hoy, esta Iglesia Angelopolitana recibe con veneración, amor y gratitud sus Reliquias, que son testimonio de las maravillas que Dios puede obrar en quien le ama y pone a su disposición su inteligencia y su voluntad.

Con estos sentimientos, y consciente de la comunión de los santos, me permito dirigirme a nombre de la Iglesia que peregrina en Puebla, a nuestro gran Obispo:

Beato Juan de Palafox; esta nueva presencia tuya en tu “amada Raquel”, es para nosotros signo elocuente de tu valiosa intercesión, y un estímulo eficaz para que, en esta hora estupenda y compleja que nos ha tocado vivir, aceptemos el reto de construir la Puebla y la Nación que Dios quiere y todos anhelamos.

Beato Juan de Palafox, Obispo de Puebla, Arzobispo electo de México, Obispo de Osma y servidor público: ¡Ruega por nosotros! Amén.